lunes, 7 de noviembre de 2011

Restauración

Cada vez me recuerda más nuestra España constitucional a la de la restauración borbónica del XIX. Por ejemplo, solo hay que fijarse en la alternancia en el gobierno de los dos partidos principales, ¿no les recuerda a Cánovas y Sagasta? Ahora se trata de gobernar ocho años cada uno, pero cambiando el candidato. Antes se hacía con el gran sistema democrático llamado "pucherazo" y en la actualidad se hace a través de un bipartidismo periodístico y el apoyo de las instituciones que deben velar para que esto no ocurra -o eso creía yo. Un ejemplo lo tenemos en las protestas de la televisiones ante la obligación de repartir los tiempos informativos según los resultados electorales anteriores y no por criterios periodísticos, otro ejemplo son los debates como el de esta noche: cara a cara entre los posibles candidatos a la presidencia del gobierno. Esto y el miedo a las preguntas (por cobardía o inseguridad) hacen que lo de hoy sea poco verosímil. Temas pactados y tiempos acordados.
Sin embargo, no pienso perderme el debate o lo que sea, porque siempre, aunque los formatos sean rígidos, se escapa una niña o algún gazapo o surge ese subconsciente que suele visitar estos actos para descubrir qué hay tras las corbatas y los guiones.
Hay más partidos, los que siempre pierden. La mayoría porque no ofrecen nada distinto. Pero hay algunos que ni siquiera sabemos de qué pie cojean ni si llevan corbata o no. No se les da ninguna oportunidad, con lo que conseguimos lo mismo que defendían los pucherazos del XIX: estabilidad, y de esa manera se mantienen también las mismas ideas y los mismos sistemas económicos, funcionen o no.
Luego está la otra opción: la indiferencia, otra herramienta de la estabilidad del sistema. Si siempre votan los mismos, se mantienen los mismos poderes. Aburrir a los posibles votantes es otra arma contra cualquier renovación política. La abstención no es solo resignación sino asumir que otros decidan por ti. Pero lo que peor llevo es tener que soportar a ciertos individuos que gritan, se quejan, insultan y amenazan a los políticos, y cuando se les abre la urna dicen que no votan, que se quedan en casa viendo la tele como acto revolucionario y solo consiguen que se eternicen los de siempre.
En España pueden votar casi treinta y seis millones. Si se abstiene la mitad, superarían los votos necesarios para la mayoría absoluta. Una democracia en la que vota el cincuenta por cierto es casi un pucherazo. Por cierto, es lo que ocurre normalmente en los Estados Unidos, ¿nuestro ejemplo electoral?
En fin, esta noche me asomaré a mi ventana indiscreta televisiva a la caza del subconsciente -con mi esguince no tengo otra cosa mejor que hacer.

2 comentarios:

  1. Antes de nada decirte, Jofran, que siento lo de tu esguince, aunque fíjate la aventura que vivió James Stewart sin salir de casa (y sin Internet)
    Yo me resisto a ver estos debates, precisamente porque sólo voy a escuchar a los dos de siempre y ya sé lo que me van a decir y lo que van a hacer. Pero, como dices, no se justifica la abstención, jamás. Mi voto será lo que me legitime para pedir a mi Gobierno que haga bien su trabajo.

    Saludos y que te mejores.

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  2. Sensato y preciso, como de costumbre. Gracias por iluminar la comedieta política que, además de burda y cansina, resulta desoladora en este momento.
    Un abrazo,
    Pablo.

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