lunes, 25 de agosto de 2014

Por Francia (I)

Este verano hemos estado recorriendo algunas regiones francesas: Bretaña, Normandía, los Países del Loira y, por supuesto, París. La intención era simple: salir unos días de España, disfrutar de las vacaciones y volver a sentir cómo es importante relativizarlo todo.
Aeropuerto Charles de Gaulle
Cuando se sale del país, todo lo que nos rodea como inmediato se convierte en algo menor, minúsculo, como las ciudades desde el avión. Los problemas locales, autonómicos y nacionales, se transforman en hormigas paletas o eso me parece a mí.
Si lees la prensa del país que visitas o ves la televisión, compruebas que en todas partes hacen lo mismo. Es decir, parece que solo nos debe interesar lo cercano, lo local, lo de nuestro entorno. Lo mismo me ocurre con los libros.
En Amboise
Por eso es importante para mí leer novelas ambientadas y escritas en otros países o culturas. Sin embargo, me gusta mezclar todo lo que puedo. Si leo a algún autor español, como este verano a Garriga Vela, Sergio Barce o Antonio Soler, necesito entrecruzarlos con novelas ambientadas en, por ejemplo, Japón y Finlandia con Murakami o en el Perú de Vargas Llosa. Si no, me canso un poco más de lo debido de nuestra cultura nacional. Muchas veces sirven otros escritores que me saquen simplemente de Andalucía.
En Francia, he visitado las tumbas de Chateaubriand y de Leonardo da Vinci. He localizado dónde nacieron Julio Verne, Balzac, Corneille y Flaubert. Me gusta conocer por dónde han paseado los escritores que conozco y admiro. Me parece que así puedo comprenderlos mejor. Seguramente que solo es un pretexto para visitar ciertas ciudades o para repasar mis lecturas.
Tumba de Chateaubriand en Saint Malo (Wikipedia)
De camino he probado platos normandos, cervezas francesas y las cuentas de sus restaurantes. Y he comprobado también cuán minúscula es España frente a otros países en lamentar de verdad su índice de paro y su salario mínimo.

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